Mostrando entradas con la etiqueta ciudadanía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ciudadanía. Mostrar todas las entradas

viernes, 11 de marzo de 2016

EL ARTE MARCIAL, EL APRENDIZAJE DE IDIOMAS Y LA POLÍTICA

     Hace unas semanas que tuvimos viento, frío y hasta lluvia, por razones de una tos persistente decidí no rasurarme hasta ayer, que me la volví a quitar. Al retomar, hoy, la rasuradora, pude darme cuenta que, durante años, ese momento de intimidad, viéndome la cara en el espero, era, además, el de un intenso diálogo personal e interno.  No me había fijado que muchas de las ideas germinan y evolucionan como recibiendo consejos de alguien y contraponiendo las ventajas y desventajas de otras opciones. Algunas veces sucede mientras uno está esas largas horas atrapado en el tráfico, también.

     Mientras comenzaba la tarea mañanera de rasurarme, comencé recordando cómo, en mis años juveniles de prolongados entrenamientos de arte marcial, se aprendía una técnica, paso por paso, y se repetía infinidad de veces, primero al aire, luego aplicándola con algún compañero, hasta que iba saliendo. La repetición le agregaba fluidez, fuerza y, en determinado momento, hasta carácter, al imprimirle uno a lo aprendido su propia personalidad.  Décadas después de haber aprendido esta manera de defenderse, que no deja de ser un deporte peculiar porque de algo te puede servir en la calle, estoy seguro que, en el momento que se necesite, desde una parte del Ser que no sé explicar cuál es, saldrían los principios básicos de defensa para evitarnos un daño.  Eso creo.

     El aprendizaje de idiomas es parecido. Se aprenden las palabras una por una, agrupadas a veces por lo que son (sustantivos, verbos, números, pronombres, etcétera), y complementando el aprendizaje con una estructura, la gramática, hasta que vista y oído se empiezan a ajustar, haciéndolo un poco después la lengua, con lo que quiero dar a entender que se va facilitando la comprensión de lectura, luego el entendimiento de algo pronunciado en otro idioma y, por último, la expresión de lo aprendido.  Estoy seguro que si pasan décadas de que no se practica un segundo idioma, al poco tiempo este aparecerá y, poco a poco, pero más apresurado que lento, volverá la fluidez enmohecida por el tiempo.

     La política es un poco distinta.  Se puede tener un aprendizaje formal; ¿de qué? de Principios Básicos del Derecho, por ejemplo, o de Derecho Constitucional, o una formación en Relaciones Internacionales o en Derechos Humanos, todo lo cual ayuda, pero la política es distinta.

     Se puede leer El Príncipe, de Maquiavelo, o a Sun Tzu, a Platón o a Aristóteles. Yo los he leído, así como a algunos clásicos de la época romana, y eso le da profundidad a mis pensamientos, pero no fluidez a la política.

     Obtener un título académico o leer constantemente siempre es bueno; aporta para bien, pero no da cintura política.

     La política se aprende haciendo política. No es esto. No es aquéllo. Es la capacidad de estar informado, la de procesar esa información y darle sentido, la de tomar decisiones pensando en la línea de tiempo, es decir, en los antecedentes y en las consecuencias y no sólo en la urgencia que se tiene en el momento de optar por uno u otro camino; es tomar en cuenta a los afectados, a quienes pueden reaccionar por una ola que llegue a su playa ocasionada por nuestro menor movimiento.

     El arte marcial y la política requieren de profundizar (estudio), de entrenamiento (experiencia), de cálculos infinitamente rápidos que miden tiempo, distancia y la utilización de los tres planos o ejes que explico en mi segundo libro (K'amalb'é. La Historia detrás de un deporte artístico marcial), los cuales podemos resumir en plano superior e inferior, planos izquierdo y derecho y distancia.

     ¿Por qué este diálogo? Posiblemente porque los tres son temas en los que, de alguna manera, he estado inmiscuido.

     Alguien en el mundo, quizás, con este tipo de predilecciones, podrá apreciar mejor lo que expreso acá.

     Lo que es claro es que todo esto se da mientras las manos se mueven con la hoja de afeitar sin que les ponga atención, a pesar del riesgo que conlleva. Ha de ser otro aprendizaje que nos hace temblar la primera vez pero en lo que se adquiere, también, maestría con el tiempo.

     Ese mismo miedo le ha de dar a quienes ven la política por fuera. Cordial invitación a ya no hacerlo.  Nuestro país no es de quienes, tradicionalmente, hemos dejado que tomen las decisiones por nosotros; es de todos.  Ocupemos espacios. Volvámonos expertos en la "Res Pública" (la cosa pública) ejerciendo nuestra ciudadanía desde adentro o, por lo menos, desde cerca; si no fue ayer, que sea hoy y mañana; si no tenemos fundamento académico, no importa, busquémoslo y, aunque no sea a nivel de la Academia formal, leamos, escuchemos programas que nos vayan formando y aguzando los sentidos para tener criterios cada vez más sustentados.

     No veamos la patria como algo lejano sino como algo que nos cobija, que nos nutre y nos mantiene sanos.  Nuestro entorno es bueno o malo en la medida que hagamos algo al respecto.

     Este ya maduro artista marcial sabe que para aplicar una buena técnica hay que tener maña.  Pues hoy digo que para acabar con los mañosos la técnica es involucrarse.

     Hacer política no requiere un aprendizaje formal, ni duros ejercicios ni interminables repeticiones, pero todos podemos ser políticos, buenos políticos. El asunto es entenderlo, asimilarlo, proponérselo y poner manos a la obra. Guatemala lo necesita y tus herederos y descendientes, si lo haces bien y honradamente, te lo agradecerán.

viernes, 4 de septiembre de 2015

LA PRIMAVERA CHAPINA

     Es difícil explicar el amor por la patria, ese que engloba su defensa, la defensa de lo que es correcto y que conlleva una dosis de indignación cuando sabemos que la mancillan; indignación que, debemos decir, ha sido constante en las últimas dos o tres generaciones.

     Son pocas veces las que un apasionado y ardoroso defensor de algo intangible, como el concepto "patria", se alegra, especialmente en un país en donde sus instituciones y los procesos políticos han sido copados por mafias, por bandas criminales y, en algunos casos, hasta por extranjeros que buscan un interés económico a través de sus negocios ilícitos o defienden agendas foráneas y se creen con derecho de venir a decirnos qué hacer y qué no hacer.

     Sobre gran variedad de temas que tienen que ver con la defensa de un orden institucional, de un Estado de Derecho y de valores y principios que debieran regir nuestra vida política hemos venido escribiendo en este medio desde marzo de 2009, con planteamientos utópicos, con propuestas de solución, con críticas fundadas, con valentía pero, sobre todo, con ese amor que profesamos por lo nuestro, por el ideal moral del deber ser, por los valores familiares que se nos inculcaron y que tienen aplicación práctica en la cosa pública, por la elevación de los valores cívicos y la defensa, a ultranza, de lo que es debido dentro del sentido común.

     Navegar en estas aguas en medio de una sociedad muchas veces indiferente ha sido difícil.  Bien se dice que un leño no arde solo, y la realización de los ideales democráticos se pueden empujar en solitario mas no pueden concretarse sino en la medida que la colectividad los asume y los defiende.

     Ese despertar ciudadano es el que se ha venido dando desde que, hace cuatro meses, en el mes de abril de 2015, la revelación formal de las actividades delictivas de unos gobernantes, cuyos actos ilegales han venido siendo vox populi desde antes de que llegaran a tener poder, fueron algo así como la gota que rebalsó el vaso de nuestra paciencia colectiva, y la Primavera Chapina, ese florecer de la conciencia ciudadana de los gobernados en su conjunto, sin distinción de clases, de sexos, de etnias, aunque al principio un poco desconfiados por cuestiones ideológicas que, al final, fueron olvidadas, se comenzó a dar y a fortalecerse cada día, dando sus primeros frutos.

     La petulancia de la ex-vicepresidenta Roxana Baldetti Elías y la posición de confrontación del ex-presidente Otto Pérez Molina ayudaron a formar el crisol de la ciudadanía guatemalteca que se amalgamó en su contra y, finalmente, doblegó hasta a sus antiguos aliados en el Congreso de la República, ganándoles el pulso que, en contra de todo sentido común, se empañaban en sostener en contra de una mayoría que le exigía rendición de cuentas ante los tribunales.

     La historia se escribe, generalmente, con violencia y hasta con sangre; pero esta página de nuestra historia habrá de convertirse en una de las más gloriosas gestas ciudadanas guatemaltecas, precisamente porque, sin líderes que nos guiaran, el conglomerado social optó por la no violencia, por la exigencia firme de derechos expresados en pancartas, en entrevistas y hasta en los hasta hace poco desconocidos memes en las redes sociales.

     Hubo protestas ciudadanas en donde pudimos ver cómo, después de la misma, la gente se organizó para recoger su propia basura en la plaza y en las calles. Vimos gente que llegó a acompañar a los denominados picapollos, los trabajadores municipales que pasan recogiendo basura, para aliviar su carga, en un gesto cívico sin precedentes.

     Las fotografías de familias enteras protestando con los padres cargando a sus hijos sobre los hombros, o de niños ofreciéndole algún tipo de comida o bebida a los agentes del orden, o la determinación de hacer una valla humana para que los diputados pudiesen ingresar al edificio del Congreso a sesionar; o los jóvenes que, durante esa jornada cívica repartieron rosas mientras los diputados le levantaban la inmunidad al presidente de la República, son actitudes dignas de hacer constar para la posteridad y para ejemplo del resto del mundo.

     Es triste ver que estamos en las noticias de todos lados porque hemos sometido a proceso tanto al presidente como a la vicepresidenta de la República, ambos en funciones. ¡Algo sin precedentes! Pero a la vez es alentador porque, como iniciamos indicando, la ciudadanía despertó del letargo que produce esa mezcla de indiferencia por lo político, repugnancia porque todo lo que se escucha da verdadero asco, y malestar porque cada noticia nos indigna.

     Es de reconocer que gran parte del aliciente para que la protesta tomara forma y se fortaleciera en las calles tuvo, como contraparte, la buena gestión de algunos funcionarios públicos clave, como la Fiscal General del Ministerio Público o el Juez Contralor, que pone, con su sola actuación, en otro lugar del imaginario colectivo al Organismo Judicial completo, que ha sido parte, tradicionalmente, de la decepción ciudadana.

     Los ciudadanos han despertado y se han dado cuenta del poder que, entre todos, tenemos para que la corrupción vaya siendo, cada vez más, cosa del pasado.

     Hoy no basta con la función contralora de los mismos políticos, jueces o cualquier funcionario.  Ahora el pueblo soberano ha asumido la función de supervisor de la cosa pública, y esperemos que, en lugar de bajar la guardia, asuma cada vez un rol más cercano a lo que sucede y, con su inmediatez, prevenga de alguna manera el despilfarro que ha sido la constante o los fallos amañados o cualquier cosa que dé una señal de alarma y que suene no sólo a injusticia sino a contubernio para actuar en contra de la ley.

     La Primavera Chapina está en marcha y habrá de someter a su vigilancia no sólo a los políticos y funcionarios públicos, sino a esa parte de la sociedad civil y empresarial que ha sido corruptora y que merece, también, ser llevada a juicio.  Hasta la gestión abusiva de embajadores estará en el escrutinio público.

     Esperemos que este fervor patrio asumido por nuestras grandes mayorías no muera.  La patria merece y necesita nuestro acompañamiento.  La han enfermado sus malos hijos y requiere nuestro cuidado, el de sus buenos hijos, y la entrega de nuestra energía para sanarla y preservarla.

     Como dice nuestro himno nacional: ¡Guatemala, tu nombre inmortal!

jueves, 25 de junio de 2015

LOS MANSOS CORDEROS Y LOS LOBOS QUE NOS PASTOREAN

Nuestros pueblos, los latinoamericanos, tenemos algunas coincidencias, como la de parecer corderos mansitos frente a la manera burda de utilizar el poder por parte de quienes nos gobiernan, o la de permitir, precisamente, que arriben al poder las personas equivocadas.

La historia de la Guatemala pos independencia es la de un pueblo divorciado de la cosa pública y de las autoridades, a quienes tradicionalmente han visto como un mal necesario del cual se habla únicamente cuando es la época de cambiarlas.

Es así como, en el siglo XIX navegamos del gobierno de España al nacional sin siquiera cambiar a la persona que ejercía el mando, y luego pasamos por períodos dictatoriales conservadores y liberales sin que el pueblo, realmente, tuviese alguna participación como no fuese servir de carne de cañón.

La transición del siglo XIX al siglo XX la vivimos de la mano de la dictadura, y se necesitaron 22 años para que el pueblo, por fin, despertara y, de alguna manera, se rebelara, viviendo la mayoría de la gente prácticamente 21 de esos años como mansos corderitos.

El siglo XX no deja de ser interesante, pues la tradición que se traía desde el siglo anterior con relación a la vinculación que se hacía entre militares y gobernantes, de alguna manera pareció terminar con el advenimiento de la denominada "Era Democrática" que inicia con la promulgación de la Constitución Política de 1985, cuando accede al poder el licenciado Vinicio Cerezo y, aún con los problemas de siempre, comienza una sucesión presidencial de personas no vinculadas con la institución armada.

Hasta esos años se tenía la sensación que muchas familias metían a sus hijos a la Escuela Politécnica con la intención de que llegasen, algún día, a la Presidencia de la República.  Luego, con la sucesión de varios gobiernos civiles, esa práctica se fue perdiendo (lo que no pareció suceder ni siquiera en la etapa más fuerte del conflicto armado interno) al grado que hoy no pensamos que haya nuevos ingresos a la escuela militar con otra intención como no sea hacer carrera militar.

Sin embargo, militares de la vieja escuela, que todavía pudieron haber ingresado con esas intenciones, son los que hoy gobiernan o mal gobiernan Guatemala, habiendo accedido al poder a través de una carrera política breve o casi inexistente.

¿Hacia dónde van las cosas en nuestro país? ¡Quién sabe! En la medida que sigamos siendo corderos y que nuestra mansedumbre sea sin igual, seremos gobernados por corruptos que, a su vez, se vuelven en corruptores, convirtiendo nuestro sistema político en este círculo vicioso que hoy vivimos en que cuesta identificar un partido político o un personaje que no esté vinculado o haciendo campaña con dinero sucio proveniente del saqueo de hospitales, escuelas, carreteras y del erario público, en general, o con el proveniente del crimen organizado que extorsiona, que trafica con personas o con estupefacientes y que hace de cualquier cosa buena un negocio asqueroso e inmoral.

Lobos de la política siempre han existido y siempre existirán, pero está en los ciudadanos el tomar la decisión de dejar de ser mangoneados, de despertar a la vida cívica y política y asumir las responsabilidades que eso conlleva para que nos gobierne mejor gente que hoy.

No es casualidad que la oferta política que hoy tenemos sea tan pobre, tan deficiente o tan sucia.  Es debido a que les hemos dejado el espacio libre a los malos ciudadanos que nos han ido copando y hoy hasta nos restriegan en la cara sus fortunas, a través de casas de playa, fincas con mansiones de descanso, helicópteros, aviones jets, flotillas de vehículos nuevos para meternos sus anuncios de campaña, coches deportivos, yates, mansiones y cuentas en el extranjero, todo porque saben que tienen copados el Congreso de la República, las cortes claves donde serían juzgados, muchas fiscalías y hasta empresarios y abogados supuestos a ser parte de la iniciativa privada pero que funcionan a su favor.

Los mansos corderos parecen comenzar a despertar de su letargo, pero tienen que aprender a patear y a morder para crearse su espacio libre de esos viejos lobos de la política.




lunes, 22 de septiembre de 2014

EJERCITANDO LA REBELDIA EN LA ENCRUCIJADA

     Toda persona que tenga sangre en la venas, al verse acorralada en su papel de gobernada y de ciudadana, tanto por gobernantes corruptos e irresponsables como por políticos sin vergüenza alguna que pretenden llegar a gobernarla, ve inflamados sus ánimos y está en derecho de ejercer esa rebeldía que todos llevamos dentro.

     La rebeldía ciudadana, la rebeldía política, si provienen de un corazón puro y de un espíritu limpio, son bienvenidas y hasta beneficiosas para encausar la gestión de los primeros y el comportamiento de los segundos, en alguna medida.

     Esas diversas clases de la misma capacidad humana de rebelarse son benéficas en la medida que, quien se rebela, lo hace con argumentos, con conocimientos de causa, razonando debidamente, con un fin altruista o positivo en la mente, y siempre por amor a su país.

     Llevar una espina rebelde en el corazón sin visualizar una manera de cambiar las causas de esa molestia solamente origina más desazón, más malestar, más desesperanza.

     Esa necesidad de levantarse y oponerse a lo que está mal de nuestra vida en sociedad, para que tenga los efectos beneficiosos que todos, en el fondo, intuimos, debe ser articulada de alguna manera.

     La articulación del conjunto de esas rebeliones individuales puede ser encausada de varias maneras, las que requieren, siempre, de algún tipo de liderazgo, pero la que mejores efectos producirá, intuimos con algún grado de certeza, es la que encabeza un líder nacional que comparte el mismo sentimiento de frustración que el resto de los ciudadanos, que ha experimentado en carne propia sus causas, que también tiene alguna experiencia en la resolución de las mismas y, además, que ha desarrollado su intelecto al nivel de quien comprende el conjunto de la problemática, que a nivel de una sociedad completa es compleja y profunda; y, por ende, puede visualizar, con relativa mayor facilidad, las posibles soluciones en el campo rural, en la ciudad, en el tiempo, en el exterior donde tantos conciudadanos viven, en todos los escenarios que componen esa complejidad de la que hablamos.

     Nuestro país, como muchos en vías de desarrollo, especialmente en América Latina, está en la encrucijada.  Hemos tenido gobiernos igual de peores (sic. a nosotros mismos) que éste, pero nunca habíamos tenido tan malos candidatos para optar a seguirnos mal gobernando como en este momento.

     El malestar ciudadano de la oferta política es tal, que la rebeldía que detectamos en estos momentos no tiene precedentes en la historia política del país.

     La mesa está puesta para que aparezca un verdadero líder político que ame con la entrañas a su país, que tenga conciencia social, que comprenda el manejo de la administración pública, que tenga una capacidad de convocatoria para hacer gobierno de los más altos niveles, que su escala de valores familiares sea conocida y aceptada por la generalidad, que actúe apoyado en principios en lugar de conveniencias y que, por alguna vez en nuestra historia política, privilegie a la ciudadanía frente al capital o a los poderosos que se dedican a hacer negocios y a esquilmar y destruir las instituciones del Estado.  Un verdadero líder que tome, por fin, las decisiones apropiadas para cambiar las cosas a favor de la gente.

     La rebeldía está en cada uno, y las redes sociales están ayudando para que una parte de la población vaya unificando criterios en los sentidos anteriores.  Sólo falta que el campesinado del país, con poco acceso a esas redes sociales pero que también está frustrado de tanta mentira, abandono y traición, se vaya poniendo en sintonía.

     Esa rebeldía bien entendida de la población urbana y del campo podrá cambiar, para siempre, a nuestro país.  Todo está en articular ese malestar y cerrarle la puerta, para siempre, a quienes nos quieren gobernar pero no nos respetan.  Nosotros, los ciudadanos, nos merecemos el mejor gobierno para salir del atraso y del subdesarrollo en que nos tienen.