Toda persona que tenga sangre en la venas, al verse acorralada en su papel de gobernada y de ciudadana, tanto por gobernantes corruptos e irresponsables como por políticos sin vergüenza alguna que pretenden llegar a gobernarla, ve inflamados sus ánimos y está en derecho de ejercer esa rebeldía que todos llevamos dentro.
La rebeldía ciudadana, la rebeldía política, si provienen de un corazón puro y de un espíritu limpio, son bienvenidas y hasta beneficiosas para encausar la gestión de los primeros y el comportamiento de los segundos, en alguna medida.
Esas diversas clases de la misma capacidad humana de rebelarse son benéficas en la medida que, quien se rebela, lo hace con argumentos, con conocimientos de causa, razonando debidamente, con un fin altruista o positivo en la mente, y siempre por amor a su país.
Llevar una espina rebelde en el corazón sin visualizar una manera de cambiar las causas de esa molestia solamente origina más desazón, más malestar, más desesperanza.
Esa necesidad de levantarse y oponerse a lo que está mal de nuestra vida en sociedad, para que tenga los efectos beneficiosos que todos, en el fondo, intuimos, debe ser articulada de alguna manera.
La articulación del conjunto de esas rebeliones individuales puede ser encausada de varias maneras, las que requieren, siempre, de algún tipo de liderazgo, pero la que mejores efectos producirá, intuimos con algún grado de certeza, es la que encabeza un líder nacional que comparte el mismo sentimiento de frustración que el resto de los ciudadanos, que ha experimentado en carne propia sus causas, que también tiene alguna experiencia en la resolución de las mismas y, además, que ha desarrollado su intelecto al nivel de quien comprende el conjunto de la problemática, que a nivel de una sociedad completa es compleja y profunda; y, por ende, puede visualizar, con relativa mayor facilidad, las posibles soluciones en el campo rural, en la ciudad, en el tiempo, en el exterior donde tantos conciudadanos viven, en todos los escenarios que componen esa complejidad de la que hablamos.
Nuestro país, como muchos en vías de desarrollo, especialmente en América Latina, está en la encrucijada. Hemos tenido gobiernos igual de peores (sic. a nosotros mismos) que éste, pero nunca habíamos tenido tan malos candidatos para optar a seguirnos mal gobernando como en este momento.
El malestar ciudadano de la oferta política es tal, que la rebeldía que detectamos en estos momentos no tiene precedentes en la historia política del país.
La mesa está puesta para que aparezca un verdadero líder político que ame con la entrañas a su país, que tenga conciencia social, que comprenda el manejo de la administración pública, que tenga una capacidad de convocatoria para hacer gobierno de los más altos niveles, que su escala de valores familiares sea conocida y aceptada por la generalidad, que actúe apoyado en principios en lugar de conveniencias y que, por alguna vez en nuestra historia política, privilegie a la ciudadanía frente al capital o a los poderosos que se dedican a hacer negocios y a esquilmar y destruir las instituciones del Estado. Un verdadero líder que tome, por fin, las decisiones apropiadas para cambiar las cosas a favor de la gente.
La rebeldía está en cada uno, y las redes sociales están ayudando para que una parte de la población vaya unificando criterios en los sentidos anteriores. Sólo falta que el campesinado del país, con poco acceso a esas redes sociales pero que también está frustrado de tanta mentira, abandono y traición, se vaya poniendo en sintonía.
Esa rebeldía bien entendida de la población urbana y del campo podrá cambiar, para siempre, a nuestro país. Todo está en articular ese malestar y cerrarle la puerta, para siempre, a quienes nos quieren gobernar pero no nos respetan. Nosotros, los ciudadanos, nos merecemos el mejor gobierno para salir del atraso y del subdesarrollo en que nos tienen.
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lunes, 22 de septiembre de 2014
miércoles, 17 de septiembre de 2014
LOS POLÍTICOS DEL SIGLO XXI DEBERÁN SER DISTINTOS
Bien se dice que la sociedad decimonónica lo siguió siendo bien entrado el siglo XX. No es sino hasta la Gran Guerra que inició en 1914, denominada mucho después como la Primera Guerra Mundial, que las sociedades que conforman lo que se denomina la "civilización occidental", políticos incluidos, reaccionaron, viéndose de pronto, casi forzados, en una nueva era. El siglo XX, podríamos decir, comenzó al finalizar la guerra, en 1918.
Algo parecido está sucediendo ahora, especialmente en el escenario local, en que sabemos que desde hace años estamos en el siglo XXI, avanzamos de la mano de la tecnología y bajo el manto de los avances científicos, pero en el campo político no ha habido evolución. Si no seguimos en las mismas, estamos peor.
No podemos hablar por todos los países, pero la generalidad del político guatemalteco, por lo menos, continúa siendo una réplica del molde que tenía hace 50 o 60 años en que, triste recordarlo, todo se hacía al son de "esta mula es mi macho", con una casi total falta de preparación, estudios mínimos, experiencia casi nula pero grandes dosis de autosuficiencia y hasta de prepotencia, todo aderezado por una laxa, muy laxa, escala de valores, totalmente adecuada a la máxima maquiavélica de que "el fin justifica los medios".
El resultado de esa falta de capacidad para gobernar en donde se privilegió la "listura" en lugar de la decencia, donde se instauró la mentira en ofrecimientos descarados a una masa votante por lo general ignorante, pero necesitada, en donde reinó el compadrazgo, el amiguismo y hasta el nepotismo por sobre la capacidad, el conocimiento o la experiencia, en donde no hubo planes de desarrollo sino planes para desbancar y desfalcar, está a la vista.
Los índices del país, por donde se lean, son vergonzosos: la pobreza de las grandes mayorías llegando a la inanición, los planes de educación generando más ignorancia, un país agrícola convertido en campo de muerte para tantos niños y, a propósito de niños, con unos niveles de desnutrición que constituirán, cuando crezcan, más una carga que un segmento de población productiva. ¡Tenemos que entrar al siglo XXI porque esto no puede seguir así!
Hasta aquí todos hemos tenido la culpa. La ciudadanía electora en la que nos incluimos, también.
Guatemala, y con ella gran parte de América Latina y posiblemente algunos otros países "en vías de desarrollo" (así, entre comillas por el eufemismo que representa), en el campo de la política y de sus políticos, no ha entrado al siglo XXI; seguimos en el recordado siglo XX.
Sin embargo, un poco de la mano de la masa que elige (que presentimos que está cambiando), y un poco de la mano de los mismos políticos que, con lo mal que lo están haciendo, están forzando ese cambio, nos atrevemos a predecir que en las elecciones de 2015 o, a más tardar, en las de 2019, al ponerle un alto a los desmanes de quienes hoy se creen con derecho a hacer y a decir cualquier cosa, harán que el país vaya entrando a una nueva etapa dentro de su evolución política. El cambio no es lo que ellos ofrecen sino lo que nosotros sentimos que se debe hacer.
El político marrullero e ignorante tendrá que darle paso a un político con otro perfil que, intuimos, será algo así como la antítesis de lo que hoy ofrecen con descaro y por encima del más elemental sentido común quienes pretenden gobernarnos.
La ciudadanía votante ya no privilegiará a quien le falta el respeto o se lo falta a la Naturaleza, sino lo hará por quien demuestre un comportamiento mesurado que esté por encima de los vaivenes y de los pormenores de la política partidista cotidiana; por quien sea capaz de ver el futuro y las necesidades de los "sin voz", no el aquí y su propio bolsillo o el de sus parientes.
En el futuro esperamos que los ciudadanos no le den su voto a quien no tenga una sólida preparación, una trayectoria de vida en la que su patrimonio se pueda explicar con facilidad, experiencia demostrada en diversas instituciones sin colas que le machuquen, actuaciones que sean consecuentes con su discurso o con sus ideas, apertura mental para escuchar sugerencias, comentarios y hasta críticas de su gestión anterior o de sus planes; respeto por la gente, por la legalidad, por los tiempos y los aspectos culturales, en general; que cuente con un auténtico liderazgo, con auténtico patriotismo, con anhelos y esperanzas nacidas de un corazón que no miente, con un nacionalismo bien entendido, con capacidad demostrada de comprender las necesidades distintas y urgentes de los diferentes estratos de la población.
Es en la medida que los políticos de turno lo han hecho mal que están uniendo al electorado en su contra, y es en la medida que ese electorado se vaya uniendo en que los cambios a los que nos referimos serán irrevertibles, pues de parte de los primeros existe malcriadez y prepotencia, pero no estupidez, y tendrán que adaptarse. Para cautivar de nuevo al elector, tendrán que cambiar o ser otros políticos quienes cuenten con el favor del ciudadano, especialmente si el ciudadano de a pie puede intuir que ese nuevo actor que pretende representarlo tiene una escala más elevada de valores y se rige por principios, no por negociaciones obscuras.
Es cuando analizamos lo que tenemos y lo que aspiramos que nos damos cuenta que aquel dicho que dice que todo tiempo pasado fue mejor, no tiene aplicación para lo que venimos describiendo. ¡Este fango en el que nos tienen lo tenemos que cambiar! ¡Es de sentido común y es cuestión de tiempo que esto pase!
Algo parecido está sucediendo ahora, especialmente en el escenario local, en que sabemos que desde hace años estamos en el siglo XXI, avanzamos de la mano de la tecnología y bajo el manto de los avances científicos, pero en el campo político no ha habido evolución. Si no seguimos en las mismas, estamos peor.
No podemos hablar por todos los países, pero la generalidad del político guatemalteco, por lo menos, continúa siendo una réplica del molde que tenía hace 50 o 60 años en que, triste recordarlo, todo se hacía al son de "esta mula es mi macho", con una casi total falta de preparación, estudios mínimos, experiencia casi nula pero grandes dosis de autosuficiencia y hasta de prepotencia, todo aderezado por una laxa, muy laxa, escala de valores, totalmente adecuada a la máxima maquiavélica de que "el fin justifica los medios".
El resultado de esa falta de capacidad para gobernar en donde se privilegió la "listura" en lugar de la decencia, donde se instauró la mentira en ofrecimientos descarados a una masa votante por lo general ignorante, pero necesitada, en donde reinó el compadrazgo, el amiguismo y hasta el nepotismo por sobre la capacidad, el conocimiento o la experiencia, en donde no hubo planes de desarrollo sino planes para desbancar y desfalcar, está a la vista.
Los índices del país, por donde se lean, son vergonzosos: la pobreza de las grandes mayorías llegando a la inanición, los planes de educación generando más ignorancia, un país agrícola convertido en campo de muerte para tantos niños y, a propósito de niños, con unos niveles de desnutrición que constituirán, cuando crezcan, más una carga que un segmento de población productiva. ¡Tenemos que entrar al siglo XXI porque esto no puede seguir así!
Hasta aquí todos hemos tenido la culpa. La ciudadanía electora en la que nos incluimos, también.
Guatemala, y con ella gran parte de América Latina y posiblemente algunos otros países "en vías de desarrollo" (así, entre comillas por el eufemismo que representa), en el campo de la política y de sus políticos, no ha entrado al siglo XXI; seguimos en el recordado siglo XX.
Sin embargo, un poco de la mano de la masa que elige (que presentimos que está cambiando), y un poco de la mano de los mismos políticos que, con lo mal que lo están haciendo, están forzando ese cambio, nos atrevemos a predecir que en las elecciones de 2015 o, a más tardar, en las de 2019, al ponerle un alto a los desmanes de quienes hoy se creen con derecho a hacer y a decir cualquier cosa, harán que el país vaya entrando a una nueva etapa dentro de su evolución política. El cambio no es lo que ellos ofrecen sino lo que nosotros sentimos que se debe hacer.
El político marrullero e ignorante tendrá que darle paso a un político con otro perfil que, intuimos, será algo así como la antítesis de lo que hoy ofrecen con descaro y por encima del más elemental sentido común quienes pretenden gobernarnos.
La ciudadanía votante ya no privilegiará a quien le falta el respeto o se lo falta a la Naturaleza, sino lo hará por quien demuestre un comportamiento mesurado que esté por encima de los vaivenes y de los pormenores de la política partidista cotidiana; por quien sea capaz de ver el futuro y las necesidades de los "sin voz", no el aquí y su propio bolsillo o el de sus parientes.
En el futuro esperamos que los ciudadanos no le den su voto a quien no tenga una sólida preparación, una trayectoria de vida en la que su patrimonio se pueda explicar con facilidad, experiencia demostrada en diversas instituciones sin colas que le machuquen, actuaciones que sean consecuentes con su discurso o con sus ideas, apertura mental para escuchar sugerencias, comentarios y hasta críticas de su gestión anterior o de sus planes; respeto por la gente, por la legalidad, por los tiempos y los aspectos culturales, en general; que cuente con un auténtico liderazgo, con auténtico patriotismo, con anhelos y esperanzas nacidas de un corazón que no miente, con un nacionalismo bien entendido, con capacidad demostrada de comprender las necesidades distintas y urgentes de los diferentes estratos de la población.
Es en la medida que los políticos de turno lo han hecho mal que están uniendo al electorado en su contra, y es en la medida que ese electorado se vaya uniendo en que los cambios a los que nos referimos serán irrevertibles, pues de parte de los primeros existe malcriadez y prepotencia, pero no estupidez, y tendrán que adaptarse. Para cautivar de nuevo al elector, tendrán que cambiar o ser otros políticos quienes cuenten con el favor del ciudadano, especialmente si el ciudadano de a pie puede intuir que ese nuevo actor que pretende representarlo tiene una escala más elevada de valores y se rige por principios, no por negociaciones obscuras.
Es cuando analizamos lo que tenemos y lo que aspiramos que nos damos cuenta que aquel dicho que dice que todo tiempo pasado fue mejor, no tiene aplicación para lo que venimos describiendo. ¡Este fango en el que nos tienen lo tenemos que cambiar! ¡Es de sentido común y es cuestión de tiempo que esto pase!
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martes, 31 de agosto de 2010
GUATEMALA NECESITA UN VIRAJE
Así como para burro no se estudia, no existe una escuela para gobernantes. Hace décadas, especialmente en la sucesión de gobiernos militares, muchas familias metían a sus hijos a la Escuela Politécnica con la idea de que, al llegar a generales, pudieran, a la vez, aspirar a ser Presidentes de la República. La idea, hoy, de un general del ejército gobernando, ya no es tan pegadera o fuerte como antes. El inicio de la era democrática, en 1985, terminó con esa tendencia.
En el reparto que la Constitución Política hace del Gobierno de la República, entre Presidentes y Vicepresidentes hemos tenido gobernantes abogados, ingenieros, dentistas y, ahora, un médico. Entre los Ministros hemos visto, además, administradores, periodistas, educadores y otro tipo de profesionales, entre quienes la gestión pública se va llevando a cabo como por inspiración, improvisadamente.
Hoy, conforme la era democrática evoluciona a la par de los tiempos, la cosa es más complicada. Las interferencias en los hilos del poder desde el despacho de la Primera Dama, con órdenes directas a los Ministros, gritadas que trascienden como también sus llamadas para ordenarle a los diputados, con aquel estilo que, durante la campaña política, documentaron los medios de prensa al sacarles la parentela materna, en público, a sus mismos correligionarios, hacen que todo el mundo trabaje con miedo, que no exista la capacidad de tomar decisiones sin preguntar y, cuando finalmente las toman, desde arriba venga la contraorden, creando incertidumbre, malestar y caos, inhibiendo esa capacidad de decidir sobre la marcha en futuras oportunidades, volviendo totalmente lento y autoritario todo el proceso de implementación de cualquier política.
El enorme poder que el Presidente de la República ha concentrado en la señora Torres, sin ser funcionaria, no sólo desvaloriza los textos legales, comenzando por la mismísima Constitución Política de la República, sino ha venido a fomentar, además, un ambiente de corrupción escandaloso que involucra ya no sólo a la rosca de poder del Presidente sino a una más avorazada de parientes y allegados de "la señora".
En la medida que se acerca el proceso electoral, hay que estar pendientes de aquellos candidatos que hoy demuestran su falta de respeto por la ley haciendo campaña política anticipada, llámesele reparto de víveres, de láminas o de bolsas de comida, así se les llame solidarias o como sea, sea mediante inversiones millonarias en vallas publicitarias, en supuestos programas de opinión con los colores del partido político que representan y toda esa parafernalia que sólo demuestra su desesperación, su falta de respeto y hasta desprecio por la ley y sus ansias infinitas de poder.
Guatemala necesita un cambio, no sólo de sus autoridades sino de la capacidad que estas tengan de manejar la cosa pública, un cambio de personas con otro tipo de escala de valores. Guatemala necesita líderes que sepan y, como saben y entienden, no se desesperan. Líderes que no se aprovechen ni del sistema ni de los demás (especialmente de los más desafortunados, los que tenemos tiempo de denominar "los sin voz"); que sepan diferenciar entre lo que debe cambiarse y lo que no les parece pero está vigente y, por ende, hay que respetar, aunque no sea de su agrado, porque del respeto a la ley y a los demás nace el fortalecimiento del sistema democrático, de la oposición misma y de las instituciones que tanta falta nos hacen para enfrentar los retos que nos imponen la violencia, la discriminación, la falta de desarrollo, el hambre.
Guatemala necesita un electorado que se involucre, que se prepare, que estudie, que se organice y se ponga de acuerdo en no regalar su voto a cambio de dádivas, sino lo entregue con la convicción de un mañana mejor para él, para ella o para sus hijos o nietos.
Nuestra bella Guatemala necesita refundarse sobre la base de un entendimiento entre los electores y una nueva cepa de dirigentes políticos que vean más allá de su nariz; que tengan la capacidad demostrada porque el liderazgo no se improvisa ni se crea en el ejército ni en las iglesias; una unión sinérgica entre ciudadanos y autoridades que vean a todos los guatemaltecos, incluyendo a quienes viven fuera del país, como el conglomerado a quien deben servir.
Cuando Guatemala sea gobernada de la mano de sus ciudadanos y no por encima de ellos, apoyándose en la verdad y con metas claras de largo plazo, estaremos en capacidad de comenzar a revertir tanto índice que nos coloca, hoy, a la zaga de casi todos los países del mundo y que a muchos avergüenza.
Nuestro país es lindo por sus paisajes, por la mayoría de su gente, de sus niños; por sus riquezas naturales inefables pero poco o mal explotadas. No es posible que la cuna de una civilización que, perdido en los anales de los siglos, manejó la astronomía, hizo cálculos matemáticos casi perfectos del tiempo o de la predicción de eclipses, que tuvo esas manos maravillosas para tallar en piedra, en madera, en concha u otros materiales, que cultivó, entre las artes, el tejido, la danza, la música, la literatura, por causa de unos pocos malos líderes que, entre todos, llevamos a ejercer el poder, esté como esté, cuando debiese ser una cuna límpida y olorosa que debiéramos mostrar al mundo y ser estandarte de una industria de visitantes que cada día crezca y nos deje enormes dividendos y, con ellos, mejores niveles de bienestar en las familias, especialmente las del interior del país.
¡Ya es hora, guatemaltecos, de abrir los ojos!
La muestra que el pueblo dio en las pasadas elecciones para cruzar el voto, emitiéndolo de una forma para la Presidencia, de otra para el Congreso de la República y de manera diferente para la alcaldía, nos da indicios de que el electorado está atento, está pendiente; tiene y sostiene sus preferencias y no es solamente un borrego. Por eso apelamos, desde ahora, desde este mirador en donde, sin tener partido político al cual debernos, vemos las cosas como un todo, a la sensatez del ciudadano, de las comunidades que hemos visto trabajar sin descanso y organizadamente, de las cooperativas que tanto producen para esos miles de trabajadores propietarios. ¡La población sí es capaz de abrir esos hojos y provocar ese viraje!
En la medida que todos nos enteremos y formemos un criterio a su debido tiempo, estaremos ayudando a construir, y no a destruir, a Guatemala. ¿Quién no desea una Guatemala fuerte, próspera, encaminada en el sendero de la virtud de la cual podamos presumir con otro nivel de indicadores económicos y, especialmente, sociales y de bienestar de la población?
Lo decimos así porque la capacidad de destruir de algunos políticos es impresionante, como lo estamos viendo en el actuar del actual Gobierno.
No nos cansaremos de insistir en este tema por el amor que profesamos por nuestro país, por ese idealismo intacto que nos hace sentir que las cosas todavía pueden ser mejores, y por la convicción de que no todo está perdido, a pesar de los pesares.
Como formadores de opinión desde este modesto espacio nos hemos formado el propósito de emplear a fondo nuestras modestas habilidades para convencer a quien quiera de participar, de no quedarse en casa indiferente, aunque se viva en otro país o se lleve una enorme cruz a cuestas.
Confundidos porque no sabemos si es un sueño o una visión, vemos un camino difícil, lleno de obstáculos, pero más allá distinguimos una Guatemala sin deudas, próspera, trabajadora, que produce, exporta y genera suficiente dinero para sus habitantes que cada día estudian y se preparan para enfrentar los retos del futuro, y que viven más felices porque, entre todos, han logrado ir enfrentando tanta violencia, por lo cual ahora se puede vivir y convivir en armonía, trasladarse de un lugar a otro sin voltear a ver y abrir los negocios sin sentirnos atemorizados.
¡Soñar ese cambio de rumbo es el primer paso; ahora todos debemos llevarlo a la práctica!
En el reparto que la Constitución Política hace del Gobierno de la República, entre Presidentes y Vicepresidentes hemos tenido gobernantes abogados, ingenieros, dentistas y, ahora, un médico. Entre los Ministros hemos visto, además, administradores, periodistas, educadores y otro tipo de profesionales, entre quienes la gestión pública se va llevando a cabo como por inspiración, improvisadamente.
Hoy, conforme la era democrática evoluciona a la par de los tiempos, la cosa es más complicada. Las interferencias en los hilos del poder desde el despacho de la Primera Dama, con órdenes directas a los Ministros, gritadas que trascienden como también sus llamadas para ordenarle a los diputados, con aquel estilo que, durante la campaña política, documentaron los medios de prensa al sacarles la parentela materna, en público, a sus mismos correligionarios, hacen que todo el mundo trabaje con miedo, que no exista la capacidad de tomar decisiones sin preguntar y, cuando finalmente las toman, desde arriba venga la contraorden, creando incertidumbre, malestar y caos, inhibiendo esa capacidad de decidir sobre la marcha en futuras oportunidades, volviendo totalmente lento y autoritario todo el proceso de implementación de cualquier política.
El enorme poder que el Presidente de la República ha concentrado en la señora Torres, sin ser funcionaria, no sólo desvaloriza los textos legales, comenzando por la mismísima Constitución Política de la República, sino ha venido a fomentar, además, un ambiente de corrupción escandaloso que involucra ya no sólo a la rosca de poder del Presidente sino a una más avorazada de parientes y allegados de "la señora".
En la medida que se acerca el proceso electoral, hay que estar pendientes de aquellos candidatos que hoy demuestran su falta de respeto por la ley haciendo campaña política anticipada, llámesele reparto de víveres, de láminas o de bolsas de comida, así se les llame solidarias o como sea, sea mediante inversiones millonarias en vallas publicitarias, en supuestos programas de opinión con los colores del partido político que representan y toda esa parafernalia que sólo demuestra su desesperación, su falta de respeto y hasta desprecio por la ley y sus ansias infinitas de poder.
Guatemala necesita un cambio, no sólo de sus autoridades sino de la capacidad que estas tengan de manejar la cosa pública, un cambio de personas con otro tipo de escala de valores. Guatemala necesita líderes que sepan y, como saben y entienden, no se desesperan. Líderes que no se aprovechen ni del sistema ni de los demás (especialmente de los más desafortunados, los que tenemos tiempo de denominar "los sin voz"); que sepan diferenciar entre lo que debe cambiarse y lo que no les parece pero está vigente y, por ende, hay que respetar, aunque no sea de su agrado, porque del respeto a la ley y a los demás nace el fortalecimiento del sistema democrático, de la oposición misma y de las instituciones que tanta falta nos hacen para enfrentar los retos que nos imponen la violencia, la discriminación, la falta de desarrollo, el hambre.
Guatemala necesita un electorado que se involucre, que se prepare, que estudie, que se organice y se ponga de acuerdo en no regalar su voto a cambio de dádivas, sino lo entregue con la convicción de un mañana mejor para él, para ella o para sus hijos o nietos.
Nuestra bella Guatemala necesita refundarse sobre la base de un entendimiento entre los electores y una nueva cepa de dirigentes políticos que vean más allá de su nariz; que tengan la capacidad demostrada porque el liderazgo no se improvisa ni se crea en el ejército ni en las iglesias; una unión sinérgica entre ciudadanos y autoridades que vean a todos los guatemaltecos, incluyendo a quienes viven fuera del país, como el conglomerado a quien deben servir.
Cuando Guatemala sea gobernada de la mano de sus ciudadanos y no por encima de ellos, apoyándose en la verdad y con metas claras de largo plazo, estaremos en capacidad de comenzar a revertir tanto índice que nos coloca, hoy, a la zaga de casi todos los países del mundo y que a muchos avergüenza.
Nuestro país es lindo por sus paisajes, por la mayoría de su gente, de sus niños; por sus riquezas naturales inefables pero poco o mal explotadas. No es posible que la cuna de una civilización que, perdido en los anales de los siglos, manejó la astronomía, hizo cálculos matemáticos casi perfectos del tiempo o de la predicción de eclipses, que tuvo esas manos maravillosas para tallar en piedra, en madera, en concha u otros materiales, que cultivó, entre las artes, el tejido, la danza, la música, la literatura, por causa de unos pocos malos líderes que, entre todos, llevamos a ejercer el poder, esté como esté, cuando debiese ser una cuna límpida y olorosa que debiéramos mostrar al mundo y ser estandarte de una industria de visitantes que cada día crezca y nos deje enormes dividendos y, con ellos, mejores niveles de bienestar en las familias, especialmente las del interior del país.
¡Ya es hora, guatemaltecos, de abrir los ojos!
La muestra que el pueblo dio en las pasadas elecciones para cruzar el voto, emitiéndolo de una forma para la Presidencia, de otra para el Congreso de la República y de manera diferente para la alcaldía, nos da indicios de que el electorado está atento, está pendiente; tiene y sostiene sus preferencias y no es solamente un borrego. Por eso apelamos, desde ahora, desde este mirador en donde, sin tener partido político al cual debernos, vemos las cosas como un todo, a la sensatez del ciudadano, de las comunidades que hemos visto trabajar sin descanso y organizadamente, de las cooperativas que tanto producen para esos miles de trabajadores propietarios. ¡La población sí es capaz de abrir esos hojos y provocar ese viraje!
En la medida que todos nos enteremos y formemos un criterio a su debido tiempo, estaremos ayudando a construir, y no a destruir, a Guatemala. ¿Quién no desea una Guatemala fuerte, próspera, encaminada en el sendero de la virtud de la cual podamos presumir con otro nivel de indicadores económicos y, especialmente, sociales y de bienestar de la población?
Lo decimos así porque la capacidad de destruir de algunos políticos es impresionante, como lo estamos viendo en el actuar del actual Gobierno.
No nos cansaremos de insistir en este tema por el amor que profesamos por nuestro país, por ese idealismo intacto que nos hace sentir que las cosas todavía pueden ser mejores, y por la convicción de que no todo está perdido, a pesar de los pesares.
Como formadores de opinión desde este modesto espacio nos hemos formado el propósito de emplear a fondo nuestras modestas habilidades para convencer a quien quiera de participar, de no quedarse en casa indiferente, aunque se viva en otro país o se lleve una enorme cruz a cuestas.
Confundidos porque no sabemos si es un sueño o una visión, vemos un camino difícil, lleno de obstáculos, pero más allá distinguimos una Guatemala sin deudas, próspera, trabajadora, que produce, exporta y genera suficiente dinero para sus habitantes que cada día estudian y se preparan para enfrentar los retos del futuro, y que viven más felices porque, entre todos, han logrado ir enfrentando tanta violencia, por lo cual ahora se puede vivir y convivir en armonía, trasladarse de un lugar a otro sin voltear a ver y abrir los negocios sin sentirnos atemorizados.
¡Soñar ese cambio de rumbo es el primer paso; ahora todos debemos llevarlo a la práctica!
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