martes, 16 de junio de 2015

EL TRISTE PAPEL DE ESTADOS UNIDOS FRENTE A NUESTRA HISTORIA

     La relación entre ciudadanos estadounidenses y guatemaltecos siempre ha sido excelente; cuando ya intervienen las empresas, esa relación deja de ser cordial, entre iguales, entre amigos, y si bien es cierto hay casos de excelentes relaciones, también los hay donde la utilización del poder ha quedado hasta documentada.

     Pero cuando nos referimos ya a las relaciones de gobiernos, ese trato igualitario que inspira la Convención de Viena, por ejemplo, desaparece, y se comienza a perfilar el imperio y la defensa de sus intereses frente a las pequeñas repúblicas que muchas veces, y despectivamente, denominan bananeras, como si fuese pecado sembrar y producir bananos.

     Se firman Tratados de Libre Comercio que no liberan nada, se cimentan alianzas que luego se rompen y, lo que es peor, de vez en cuando se nos trata de impartir cátedras de moral y de principios que, cuando ya no conviene, también se hacen de lado.

     Se nos apoya con armas y helicópteros para combatir el tráfico de drogas porque ponemos los muertos, y se nos imponen, desde Washington, políticas financieras para combatir ese flagelo, pero en Estados Unidos nunca cae un capo de la droga; como si no existieran.

     Se nos ve mal, y con razón, por nuestros elevados índices de corrupción, pero cuando la ciudadanía al fin despierta y pide que se largue el corrupto, al representante imperial se le imparten otras instrucciones: las de apuntalarlo.  Ha de ser su "SOB", como alguna vez dijese Franklin D. Roossevelt de Anastasio Somoza García, el dictador nicaragüense.


     La imagen es la del mural "Gloriosa Victoria", de Diego Rivera, un cuadro que estuvo perdido más de 50 años en Rusia y que fue pintado a raíz de la caída del presidente de Guatemala Jacobo Arbenz, en 1954.

     Sesenta años más tarde, la misma es representativa de esa relación, en donde el presidente de Guatemala, a quien se le asoma una pistola en la cintura y un fajo de billetes en la bolsa del saco, saluda servilmente al embajador, quien se apoya en una bomba con la cara de su presidente (en esa época era Dwight Eisenhower), mientras le habla al oído el Jefe de la CIA (la agencia de espionaje).

     En el fondo, del lado izquierdo, el barco estadounidense cargando nuestras mercancías, los bananos, que asoman al fondo y ocupan un primer plano junto con algunos seres humanos caídos. Al fondo, del lado derecho, la ciudadanía entre agobiada por el cansancio y tratando de protestar y de levantarse en armas, mientras que hasta atrás, limitados por una reja de metal, queda la mayoría, de mirones.

     En el mural aparecen, detrás del presidente de Guatemala, algunos miembros representativos del Ejército, tanto oficiales como soldados, que acompañan al mismo en su saludo servil, mientras frente a la iglesia está un prelado, quizás el arzobispo (Rossell y Arellano, en aquella época), bendiciendo todo lo que pasa.

     El cuadro muy bien pudo haber sido pintado hoy.  Lo único que quizás cambiaría de nuestras actuales circunstancias son la posición del arzobispo, que en nuestros días ha sido una muy digna, del lado de la ciudadanía asqueada con la corrupción.  Además, hoy podría agregarse, detrás del presidente y participando de ese vergonzoso saludo servil, al sector privado organizado, que ha jugado un papel tan pobre o tan tibio. Y al pie del racimo de bananos podría erigirse el podio presidencial para que el señor embajador se exprese y la imagen sea más ofensiva a nuestros ojos ciudadanos.

     Por otro lado, esa cápsula del tiempo que nos legara ese magnífico artista de ideología comunista, casi lo podemos exponer como lo representativo de nuestras relaciones históricas.  

     Seguramente, dentro de cien años, algo nuevo sucederá dentro de nuestras relaciones, en que alguien lea estas líneas y se dé cuenta que el tiempo pasa pero la evolución en las mismas se estanca.

     Preguntamos, finalmente: ¿Qué necesidad tienen, las autoridades estadounidenses, de querer dictarnos cátedra? ¿No hubiese sido mejor, a estas alturas, que el embajador se quedase calladito y que el curso de nuestros asuntos fuese decidido únicamente por nosotros?

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