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lunes, 27 de diciembre de 2010

EL TACAZONTE Y LA PAZ

     Hace catorce años Guatemala estaba por firmar la paz, luego de una confrontación armada que duró, aproximadamente, 36 años; es decir, este año se cumplió medio siglo de que inició el conflicto armado interno de mi país, que tantas vidas cercenó, que tantas iniciativas truncó, que en los dos bandos en contienda y en la población indefensa dejó hondas huellas de dolor, de sufrimiento, de desesperanza.

     Para un capitalino normal y corriente, para alguien que nació o creció ya fuera del ambiente de confrontación, es probable que la efemérides que este 29 de diciembre se conmemorará no tiene mayor significado. Total, es probable que haya más efervescencia, ahora que la delincuencia nos tiene arrinconados en las ciudades, presos en nuestras propias viviendas, que durante gran parte de esa confrontación que, en el interior de la república, tuvo enormes proporciones.

     Pero eso no es así para mí, que me he recorrido gran parte del país conociendo y acompañando a muchísimas comunidades, o haciendo política o promoviendo algún proyecto de desarrollo, lo cual, apuntalado por ese gusto por la lectura que heredé de mis padres y una de mis abuelas, me hace comprender mejor que la mayoría de esos capitalinos las dimensiones de lo que estamos hablando.

     Todavía tiene que escribirse mucho acerca de los orígenes de esa confrontación. Los miembros de la izquierda militante han sido mucho más disciplinados y prolíficos al respecto. Sin embargo, es muy posible que las razones primordiales del inicio de la guerra interna, que al principio no lo fue pero en eso se convirtió, estén no sólo en las terribles condiciones de vida del campesinado del interior, sino en las pésimas relaciones entre clases, entre poseedores y propietarios y desposeídos, a todo lo cual, encima, el gobierno militar de turno le puso la guinda al pastel con los primeros actos descarados de corrupción.

     No es ésta la oportunidad de hacer un estudio a fondo del conflicto armado de Guatemala, sino de llamar la atención que, año con año, viene conmemorándose la paz que se firmó; que en principio, el gobierno que firmó esa paz (que algunos adversan todavía), fue prácticamente el único que, de manera integral, se dedicó a fomentar el desarrollo del interior del país, pero todos los demás parece que se han olvidado que la firma protocolaria de la paz significó la previa discusión, negociación y suscripción de acuerdos puntuales que, entiendo, están muy lejos de cumplirse.

     Olvidémonos por un momento de lo que la letra muerta de esos acuerdos firmados dentro del Proceso de Paz de Guatemala dicen, pero no nos olvidemos que las circunstancias que prevalecían en el país hace 50 años y que dieron origen a la confrontación, hoy no son cosa del pasado, a excepción de los índices de analfabetismo y, quizás, de morbilidad y mortalidad infantil.

     Guatemala todavía es un país en donde los desposeídos no tienen oportunidades de desarrollarse plenamente. Los obstáculos son muchos.

     Guatemala todavía es un país en donde los menos afortunados viven no solamente mal, sino muy mal, con el agravante que ahora las grandes masas tienen, además, la televisión abierta, aunque sea comunal, en donde pueden comparar y darse cuenta de cómo viven los que sí tienen, situación que era prácticamente imposible hace medio siglo.

     La brecha entre ricos y pobres, según organismos especializados, es cada vez mayor, y las relaciones entre clases son, todavía, fuentes de racismo, de discriminación y, por mucho que las leyes laborales avancen, objeto de explotación en mayor o menor grado en algunos lugares.

     No deseo que se mal interprete como que así es todo, pues hay que reconocer que también hay excelentes patronos.  Lo que trato de establecer es que, aquel flagelo que motivó a grandes contingentes de población a levantarse y, en determinado momento, a tomar las armas, no ha desaparecido del todo.

     Por último, el tema de la corrupción en las altas esferas de gobierno, en lugar de haberse erradicado, hoy es una de las grandes cargas para la población, carga nefasta que no sólo impide al Estado llegar a donde debe llegar, sino mina el principio de autoridad y de respeto que los funcionarios deben tener y gozar para poder desempeñarse debidamente.

     Las transferencias de recursos de los renglones de educación, salud y seguridad, primordialmente, han sido sistemática y regularmente diezmados en favor de programas poco o nada transparentes en donde lo que se hace es manipular el sistema político en lugar de llegar, fraternalmente, a aliviar las condiciones de pobreza y extrema pobreza en que las grandes mayorías nacen, viven y mueren en nuestro país, aprovechándose de ellos para fines electoreros, lo cual, en sí, es deleznable y asqueante.

     Por eso, ahora que he visto la página entera de un diario en donde se comienza a manipular el tema de la paz, sólo pude pensar en escribir este ensayo y dejar constancia de lo mal que lo hace el tacazonte que nos gobierna.


     ¡Por algo hablo de uno de los bagres más grandes que hay en nuestro país!

lunes, 7 de diciembre de 2009

UN SÍMBOLO DE PAZ BAJO ASEDIO

Hoy recibí en mi bandeja de correo una comunicación alusiva a la festividad del Día de la Madre que, mañana 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción según el santoral de la Iglesia Católica, se celebra en Panamá.

La humanidad, desde hace milenios, reconoce el valor de la madre. La festejaban los antiguos griegos al hacerle ofrendas a Rea, la madre de Zeus, de Hades y de Poseidón, festividad que fue posteriormente copiada por los romanos, quienes celebraban tres días de fiesta en el templo de Cibeles, la diosa de la Madre Tierra que se ha hecho tan famosa hasta nuestros días en virtud de la estatua que la conmemora en el centro de una famosa fuente de la ciudad de Madrid.

Posteriormente, tanto en Inglaterra como en Estados Unidos, surgieron sendos movimientos para honrar a la madre y, especialmente la ciudad de Boston en este último país, resaltando su figura como un símbolo de paz, ya desde el último tercio del siglo XIX.

Posteriormente fue creado el Día Internacional de la Mujer, de tal manera que casi todos los países celebran, a su manera, el día de la madre, unos con el inicio de la primavera, otros, el día que se conmemora la Inmaculada Concepción de la Virgen María, otros el 8 de marzo, el día internacional dedicado a la mujer, otros el 10 de mayo, otros el segundo domingo de mayo y varios países con fechas tan disímiles unos de otros, que pareciera no haber conexión alguna, pero casi todo el mundo civilizado ha coincidido con dedicarle un día a las madres.

Las diferentes culturas han destacado el papel femenino desde prácticamente los orígenes del conocimiento, y la manera de destacarlo, presumo, ha sido elevar a nivel de adoración, en algunos casos, esa figura, tal como sucedió con los griegos, los romanos, el cristianismo y otras culturas; o destacando los caracteres de sencillez y de grandeza y, a su vez, aprovechando la admiración y el cariño puro que cada hombre siente por su progenitora, a partir del siglo XIX y hasta la fecha.

La concepción actual que debemos tener de una madre, al conmemorarse su día, sea el día que fuere y en el país que se lleve a cabo, es el amor incondicional, la entrega voluntaria y total, la abnegación hasta el cansancio y, a veces, hasta el sacrificio, que un ser especialmente dotado tiene para con sus hijos. Eso, consideramos, es símbolo de paz.

Sin embargo, los últimos años hemos podido ver cómo nuestras sociedades van cambiando. No me refiero solamente a las madres trabajadoras y ejecutivas que dejan de ser la imagen paradigmática de la madre de hace 50 años, ocupada de labores del hogar. No.

Me refiero, especialmente, pero no únicamente, al fenómeno que, durante los últimos años, viene incrementándose, con el espantoso asesinato de mujeres, lo cual se ha convertido, en algunos de nuestros países, en un tema recurrente que aflige verdaderamente.

También se ha incrementado el conocimiento de hechos de violencia física y de maltrato en contra de mujeres, especialmente madres, que muchas veces son asesinadas y, cuando sobreviven, de todos modos han sufrido esa violencia física que, de alguna manera, tenemos que erradicar de nuestras comunidades.

El resultado de unos y otros actos, generalmente cometidos por hombres ignorantes, pero no exclusivamente, es la orfandad o el trauma emocional de menores y, además, cuando esos menores tienen abuelas, una injusta carga de trabajo para otra madre que ya merece descansar un poco, o unos niños en manos de instituciones del Estado.

De una u otra forma, ese símbolo de paz de la humanidad está bajo asedio, y es urgente que quienes comprendemos estos fenómenos sociales, proveamos la manera de ir desarticulando esta enfermedad de nuestras sociedades.

La violencia de género tiene que ser reprimida con firmeza. Detener la violencia de género es darle a millares de niños la oportunidad de vivir su niñez y de ser, mañana, mejores hombres que sus propios padres.